Te sientes un ciudadano de la RDA paseando por Karl Marx Allee, repleta de edificios repetidos. Lo has visto en Good Bye Lenin y ahora estás allí, y eres uno de aquellos alemanes que veían los desfiles militares desde su ventana. Un mundo dentro de un trozo de una ciudad. Tiras fotos con tu cámara digital a lo que fueron los hogares de miles de personas que vivían ajenas a los avances de occidente. No estás retratando monumentos, es simplemente vida.
En la East Side Gallery te encuentras de frente con el muro. Con la sensación de tener un universo nuevo a unos metros y no poder alcanzarlo. En el museo de la RDA te sientas en el sofá a ver el informativo comunista. Te vas de vacaciones a Hungría y celebras la victoria contra la RFA en el Mundial del 74. Vives en una realidad creada a medida de sus ideólogos. Y en el fondo tampoco estás tan mal.
En el maravilloso Museo de Historia de Alemania te sientes objeto de la propaganda nazi, por unos segundos miembro de la masa hipnotizada por Goebbels. Vives el ascenso de Hitler y la derrota en la guerra. Sientes el vacío del berlinés al que le parten su ciudad en cuatro.
En el Museo del Cine, Marlene Dietrich ensaya su número y eres su seguidor impenitente, hasta pagarías por uno de sus vestidos. En el Olympiastadion ves a Jesse Owens saltar y te imaginas qué piensa el Führer mientras un hombre de raza negra recibe la medalla de oro en su casa. En el Monumento al Holocausto no hay palabras, todo es angustia. Y pena.
Cuando regresas al apartamento alquilado en el entrañable Schoneberg, ya piensas en el paseo en bici por el Tiergarten. Te admira esa ciudad en la que el civismo se respira. Aun te asombra la puntualidad de los autobuses y la limpieza de los parques. Estás en el Berlín del siglo XXI y te parece una ciudad ejemplar, un producto listo para salir al mercado tras varios intentos fallidos.
Un currywurst y una Berlin Pilsener en el puesto junto a la Staats Oper. Después un paseo por Unter den Linden hasta la Puerta de Brandeburgo con paradas en las tiendas de souvenirs. Ves a lo lejos la torre de la televisión y cuando intentas llegar andando te das cuenta de la enormidad de la ciudad. Tu casero ya te había avisado pero no le hiciste mucho caso.
Tras unos días, la avenida “Bajo los tilos” ya te es familiar. También el bus 100, siempre repleto, y Kurfurstendamm y sus tiendas de moda. Paseas por Friedrichstrasse y te compras un libro sobre la caída del muro. Quieres llevarte recuerdos porque no sabes cuando volverás, aunque confías en que será pronto.
Haces cola para tomarte un helado en Kreuzberg y sacas tu lado freak para que te abran la tienda del 02 Arena y comprarte una camiseta del Alba. Luego un cocktail en una tumbona en la playa del río Spree. Como hacen ellos en Mallorca, piensas.
Los días se agotan y aun tanto por hacer..
Un acróbata en bici anima Potsdamer Platz mientras la tarde se apaga. La última cena tiene que ser en el Billy Wilder’s, junto al Museo del Cine. Un combinado, un sándwich y una foto de recuerdo. Lo descubriste por casualidad y ahora querrías tenerlo cerca para las tardes de domingo.
Mientras el bus te conduce al aeropuerto, tienes la sensación de que puedes comerte Berlín durante días y nunca te saciará. Te has llenado de imágenes, voces y sonidos pero quieres más y más. Sabes que volverás y que la ciudad se habrá renovado. Seguirán perfeccionando el producto, nunca satisfechos del todo los alemanes. Pero seguirán allí las huellas de la historia. No están orgullosos pero no quieren ocultarlo. Esto pasó aquí, sí, y mirad en lo que hemos sido capaces de convertirnos.
A mí me han convencido. Lo escribiré para que quede constancia.
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