martes 24 de noviembre de 2009

Turín, el encanto oculto

¿A dónde? A Turín. Caras de cierta incredulidad como pensando en Roma, Florencia, Venecia.. como no entendiendo que se coja un avión para visitar Italia y el destino elegido sea esa ciudad semidesconocida de la que cuesta encontrar una guía de viajes.
Al regreso, más preguntas: ¿qué tal allí? ¿dónde era…? Turín. Eso, ¿qué tal en Turín? Pues muy bien. Y la incredulidad ahora es mía al verme incapaz de explicar el porqué. Muy bien, sí. Realmente bien, de hecho. Fascinado por esa ciudad pero sin ser capaz de explicar los motivos. Es una ciudad especial, acierto a aclarar. Tiene algo. Y no paso de la superficie. Tal vez por escrito sea capaz de profundizar un poco más.

Pues no, sigo en el mismo punto. Y es que Turín tiene algo especial desde que abandonas el tren en la estación de Porta Nuova. Los Alpes vigilan desde cualquier esquina y los edificios te trasladan a la época en la que esta era la capital de la nación. Se respira la cercanía de Francia y Suiza, es Italia pero a menor velocidad. Es la elegancia de Milán sin caer en la presunción. Es la alegría de Roma sin resultar apabullante. Es la vista desde la Mole y el paseo por Via Garibaldi. Es el café en Piazza Castello y el olor a historia.
Sí, estuve en Turín y no veo el momento de volver.


Turín es oscura, quizá por eso me fascine tanto. Más oscura de día que de noche. El sol no encuentra hueco entre los grandiosos edificios barrocos y la ciudad queda en una permanente penumbra. Por la noche, la iluminación artificial le da brillo a la Piazza San Carlo o a la Via Garibaldi, convertida en un constante ajetreo de turineses que alternan el chocolate “caldo” con los zapatos y los pasteles. Incontables las pastelerías, negocio seguro allí, como en todo el norte de Italia. Innumerables también las tiendas de ropa y calzado, Milán tiene la fama pero no hay que perder de vista la moda turinesa.

En esa interminable calle peatonal, como un elemento más, la tienda oficial de la Juventus de Turín. Una parada en el camino para añadir otra prenda a la colección.
La ciudad parece ajena al bullicio del fútbol, el estadio Delle Alpi se caracteriza por su ambiente desangelado y el equipo con más seguidores es el Torino, de la segunda división. Sin embargo la Juve, la Vecchia Signora, es el club con más aficionados en todo el país. Como un elemento extraño en un lugar que parece no prestarle atención.


Turín es café y chocolate. Presidiendo el acceso a la Piazza Castello, una gran tienda-cafetería de Nespresso. En sus alrededores, amplia oferta para tomarlo o fabricarlo en casa. Diría que es el verdadero café, el italiano. Un espresso en un sorbo o un macchiato reposado. Pequeños placeres irrenunciables.
El chocolate también lo es. Colores, sabores, tamaños, texturas, densidades... ni el poco goloso podría retirar la mirada del escaparate. Excelente el de Stratta pero infinitas las posibilidades de probarlo en cualquier rincón.

Por encima de la ciudad, la Mole Antonelliana. Lo que en su origen iba a ser una gigante sinagoga alberga ahora el más que logrado Museo del Cine. Antes de visitarlo, y si no se padece de vértigo, conviene no perderse el viaje en ascensor hasta lo más alto de la torre. Desde arriba, Turín se presenta tal y como es, con ese color rojizo y gris de sus edificios y los intrigantes Alpes de fondo. Sí, creo que se trata de una ciudad gris. Quizá por eso me fascine tanto.
Dentro de la Mole, una visita obligatoria para los cinéfilos y recomendable para el resto de curiosos. En el Museo del Cine se ve y se toca, acompañas a Keanu Reeves en Matrix y sorteas las sillas del Saloon. Te fotografías con la capa de Superman y con un Gremlin. Es un museo de los recuerdos y una gran excusa para visitar la ciudad que lo acoge.


El Duomo, muy lejano de los de Florencia o Milán como obra, acoge ese misterio de la humanidad que es la síndone. No puede verse el original pero sí una reproducción. Y es complicado no sobrecogerse, al margen de creencias religiosas.
En realidad toda la ciudad está envuelta de misterio. Tendrá algo que ver la leyenda de los Templarios, quizá su tradición esotérica.
Puede que por eso no se pueda explicar por qué uno vuelve fascinado de Turín. Y tal vez sea mejor no poder explicarlo.

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