miércoles 16 de diciembre de 2009

Donostia, si la perfección existiera

El Peine, Igeldo, el txakoli, el Kursaal, Juantxo, Ondarreta, el pescado, Zarautz, el Boulevard, los pintxos, la Concha, la gente..

Tal vez la perfección no exista. Si lo hiciese, viviría en Donostia. Dos días allí que parecen una vida. Una ciudad que sorprende por su calidez, que recibe a los visitantes con alegría. Dos días en los que todo parece sencillo. Al volver de Donostia, el contador está a cero.

El avión llega a Hondarribia cuando el sol del día es aun niño. Es febrero pero el frío espera una mejor ocasión. Un primer saludo a la habitación del hotel, un desayuno y en marcha. Zarautz nos recibe con las ventanas abiertas y nos obliga a prescindir del abrigo. Cientos de niños juegan al fútbol en la playa ante la mirada de sus padres mientras los surferos aprovechan el viento para desafiar al mar.


Recorremos el paseo marítimo y alcanzamos nuestro primer objetivo. En el restaurante Arguiñano esperamos saciar la curiosidad. Tememos la decepción y la arrogancia. Nos sorprende el trato y nos conquista la cocina. Rendición ante las kokotxas, el txangurro y el txakoli. Juramento de repetir esa experiencia.

El tiempo primaveral nos lleva hasta la arena de la playa. Paseamos descalzos hasta el agua y jugamos con la cámara. Si esto no es la felicidad, al menos nos lo parece.

Al caer la tarde, primera inmersión en Donostia. Recorremos el paseo marítimo junto al blanco de barandillas y farolas. El Kursaal y el Hotel María Cristina para darle el toque de celuloide. El Boulevard donde parece concentrarse la vida de la ciudad y un bocadillo de tortilla rellena en Juantxo. Pensábamos ir de pintxos, sí, pero con aquello quedamos saciados.


La mañana siguiente nos conduce hasta La Concha. Es imposible que sólo llevemos un día allí. El Peine de los Vientos nos acoge impasible, observador ante quienes lo observan. Lo retratamos desde todos los ángulos, nos retratamos con la ayuda de un lugareño. Nunca nos habían tratado con tanta amabilidad. Viajar abre la mente, dice el lugar común.

Es domingo y los donostiarras van goteando sobre su símbolo. Dan ganas de sumergirse en esa rutina, el paseo matutino, la conversación animada, el baño si el Cantábrico da su permiso.

La playa semivacía desprende paz. Lo habíamos imaginado así, el cielo gris, las olas vivas, la alfombra de arena. Nos despedimos como de un viejo amigo.

Subimos al Monte Igeldo en el funicular. Queremos dominar la ciudad, hacerla nuestra desde el torreón. Agua, arena y cemento sumando más que sus partes. Nos sentimos privilegiados por estar allí, ante aquella visión única.


Ahora sí, Donostia es salir de pintxos y no nos vamos a marchar sin hacerlo. Mojamos con txakoli y caminamos de puerta en puerta. Croqueta en Sport, bacalao en Txepetxa, salmón en Etxaniz, boliches en Juantxo. Un restaurante de lujo en pleno centro de la ciudad. Disfrutamos la experiencia como niños ante la novedad.

De recuerdo, un dibujo de Igel Berdea para el cuarto. Todas las mañanas, la imagen de Donosti antes de ir a trabajar. El recuerdo de lo que fue y la ilusión de lo que será.

Sí, quizá la perfección no existe. Pero si fuese una ciudad, sería Donostia.

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