Si fuera lisboeta, mi hogar sería el Chiado. Sería uno más en el laberinto de sus calles. Visitaría los cafés, me perdería en las tiendas de Rua Garrett. Me elevaría en el ascensor como un turista y me compadecería de ellos porque tienen que marcharse. Gastaría el tiempo cuesta arriba con sabor a bacalao.
Con los amigos, no faltaría al Café Indias. Frango a la parrilla y una botella de vinho verde, quizá dos. El camarero que cae simpático por su antipatía y los Erasmus ruidosos comenzando la noche. La cercanía de lo sencillo, el lugar de reunión.
Con la familia, una cataplana en la Adega de San Roque. Empuñar la cuchara rodeado de retratos y bufandas futboleras. Un motivo de celebración o una excusa para celebrar.
Con mi amor, nuestro rincón en San Pedro de Alcántara. Los bancos de piedra donde los sentimientos encuentran palabras. Lisboa a mis pies y la felicidad, al lado.
Si fuera lisboeta, mi sueño sería Sintra y su Palacio da Pena. Me escaparía con mi cámara a descubrir sus rincones, retrataría monstruos, torres y abismos. Lo visitaría de día, de noche, con sol y diluviando. Llenaría de imágenes mi cabeza y mi álbum.
Los domingos, desayuno en el Café Gelo, junto a la Plaza del Rossío. Caminaría después hasta la del Comercio, donde la ciudad parece poner el punto y seguido. Tal vez me perdería en la Alfama, como llegada de otro mundo a poner el contraste con su color blanco. Subiría al tranvía 28 y recorrería Lisboa como si nos acabásemos de conocer.
Disfrutaría del vino de Oporto con pasteis de Belem. Me hartaría de los turistas españoles y desearía que ninguna guía mencionase jamás esa pastelería. La querría sólo para nosotros, tan secreta como la receta del mejor dulce conocido por mi paladar.
Estaría orgulloso de nuestra historia y nuestra cultura. Me rebelaría contra los tópicos y defendería la modernidad. Exigiría actuaciones contra la miseria y los trapicheos. Pediría a los visitantes que se quedasen con lo bueno.
Si fuera lisboeta, creo que sería del Benfica. Admiraría la figura de Eusebio al entrar al estadio, anhelando esos tiempos de gloria de los que sólo habría oído hablar. Aplaudiría el vuelo de Victoria antes de cada partido y celebraría cada triunfo sobre el Sporting como si fuese el último.
Me tomaría cada día como un descubrimiento. Encontraría un nuevo café, una tienda anónima, un rincón donde compartir una Super Bock. Una vista de la Baixa, otro recuerdo de Pessoa, un paseo con la mejor compañía.
Si fuera lisboeta, estaría deseando marcharme para poder volver.
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