viernes 19 de febrero de 2010

Milán, los secretos por descubrir

Tendrás que descubrirlo por ti mismo, le habían dicho. Alójate en un hotel y pasa allí unos días. Escucha, pregunta, huele y vuelve con una respuesta. No había más datos. Era el caso más difícil al que se había enfrentado. Tres días en Milan para regresar con un culpable. Pero ¿de qué?

Cada persona que se cruzaba en su camino le parecía sospechosa. Sin duda se lo pareció aquel vendedor ambulante. Le abordó en la plaza del Duomo, repleta de palomas a las que molestan las personas. Él intentaba terminar su helado y el hombre le cerraba el paso. Insistía en que le comprase una pulsera, te dará suerte, repetía.
Logró deshacerse de él y tirar unas fotos a la inmensa catedral. Entró y lanzó algunas más de las vidrieras de colores. Le admiró su grandeza, parecía estar a punto de derrumbarse sobre los paseantes de la piazza. Se sentía observado, no estaba solo.


Algo que ocultar le pareció adivinar en aquel camarero. Quizá era el dueño del local, por su gesto áspero parecía estar vigilante. No pronunció una palabra cuando intentó saber si tenía que pagar antes de sentarse. Así que lo hizo. Sabía que el aperitivi era un rito en las tardes milanesas y se aprestaba a comprobarlo. Pidió un cocktail, por qué no. Y decidió probar todos los platos del apetitoso buffet. Pasta, huevos, pizza, carne. Comió hasta saciarse y un poco más. Aquellos dos ojos seguían clavados en él. Bar Brera se llamaba el lugar.

Brera también el barrio, con un toque de misterio que le hacía presagiar lo peor. Caminó a paso rápido entre bares y galerías de arte y descansó al divisar de nuevo el Duomo. Aquel ambiente bohemio le habría fascinado en otras circunstancias. Un lugar donde no le importaría quedarse para siempre, pensó.
Se adentró en el metro y regresó a su hotel, en la via Panfilo Castaldi. La broma era obvia en castellano y no pudo evitar pensarlo. Más aun al ver a ese recepcionista taciturno e inexpresivo. Parecía alguien de quien no sorprendería conocer que esconde algo bajo su cama.


Durmió sin conciliar del todo el sueño, con la intranquilidad de quien sabe que alguna pieza a su alrededor no encaja del todo pero no logra descubrir cual es.
La mañana siguiente, paseó por Milan tratando de empaparse de su ambiente. Percibió la elegancia de la que tanto había oído hablar. El gusto por la moda, tan tópico. La distinción de los milaneses, sólo apreciable al mezclarse con ellos.
En el Pierre Café se repitió aquella sensación. El camarero lo observaba, no había duda. Le sirvió con celeridad los raviolis y el espresso y no lo perdió de vista desde una esquina del local.

Cada vez estaba más convencido de que hallaría sus respuestas en uno de los tres símbolos de la ciudad, el cultural, el deportivo o el religioso. En La Scala, el taquillero le advirtió de que en ese momento estaban ensayando y no podía acceder al patio de butacas. Observó los ensayos tras una cristalera. Era un verdadero templo. Tan discreto por fuera, casi anónimo al salir de la Galleria Vittorio Emmanuelle. Y tan cautivador en su interior. Sentía que en cualquier momento aparecería ese hombre por su espalda.
Recorrió el museo entre trajes y partituras y divisó a Leonardo da Vinci desde los ventanales.

Camino de San Siro, apareció aquel hombre. Británico sin disimulo, excitado por visitar el santuario de Inter y AC Milan, lo acompañó durante todo el trayecto. Le contó anécdotas mientras ocupaban el sitio de Berlusconi en el palco, de Beckham en el vestuario y de Mourinho en el césped. Otro templo, desgastado por el tiempo pero con el sabor inalterable de la historia. Compró un recuerdo y regresó.
El tiempo se acababa y seguía sin respuestas.


Tenía que ser allí. Al pasar por Santa Maria delle Grazie, alguien le ofreció tickets para visitar La Sagrada Familia. Agotados hasta meses después, aquel hombre mantenía que podía venderle uno. Dudó, aquello no le sonaba bien, pero terminó por aceptar. Entró y trató de relajarse para captar todos los detalles de aquella obra única. Tantas veces vista en imágenes y ahora delante, en el ladrillo, los gestos, las almas.
Se felicitó de haber comprado aquel ticket y se marchó.

Milan se terminaba y no tenía la respuesta. Una galería de personajes en su cabeza pero ninguna solución. Todos sospechosos pero ningún culpable. Hasta que allí, en medio de la Galleria Vittorio Emmanuelle, bajo aquella cúpula intimidatoria y atrapado en el frenético ir y venir de milaneses, lo descubrió.

Lo había tenido allí, a su lado, durante aquellos tres días. Ella era la persona que estaba buscando. El motivo del viaje a Milán, la culpable de todo. De repente lo veía claro. Siempre había sospechado de aquella mirada pero hasta entonces no lo había sentido con tanta nitidez. Sabía que aquellos ojos le acompañarían siempre. Era inútil resistirse, no había marcha atrás.
Algún día regresaría a Milan con ella y se lo confesaría todo.

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