1200. El rey Sancho el Fuerte se propone amurallar la villa de Laguardia, convirtiéndola en inexpugnable.
Cuatro puertas abren la muralla al mundo, quedando dentro el universo en un pequeño pueblo. Me convierto en uno más en la rutina medieval, mezclado entre los lugareños y las piedras. Ocho siglos en las paredes, media hora de paseo, evocando banderas, caballos, duelos.
En el mundo real, culto al vino, atención exquisita y recreo para la vista en Arburi. Con dos botellas regreso.
En la retina, la vista del valle desde lo alto de Laguardia, esa joya invaluable de la Rioja alavesa.
1381. El peregrino Geofroi de Buletot constata la presencia en la catedral de Santo Domingo de la Calzada de un gallo y una gallina, descendientes de aquellos que cantaron después de asados, según reza el milagro.
Observo con estupor a las aves dentro del gallinero. La fé mueve más que montañas, no lo dudo. Los muros de la catedral contarían miles de historias sobre el Camino de Santiago. De creyentes y de los no tanto, al fín qué importa.
1567. Los monjes benedictinos habitan el monasterio de Yuso (abajo) en San Millán de la Cogolla, reconstruído sobre las ruinas de una antigua edificación románica.
En medio de aquel paraje inundado de verde, imagino al primer escritor en lengua castellana, cuyas palabras están allí reproducidas. Al monje que carga los códices hasta el coro de la iglesia. A todos ellos cambiándose para la misa en una amplia sala decorada en recargado estilo rococó. Decorando el claustro, bello e inacabado.
A lo lejos se divisa el monasterio de Suso (arriba), donde se encuentran los restos de San Millán. Allá donde la carretera se cierra, tal vez a petición del propio santo.
1956. Juan Antonio Bardem rueda en Logroño su obra maestra, “Calle Mayor”. Refleja en ella la vida en una pequeña capital de provincia.
No me cuesta ver en la calle Portales a los protagonistas del film. El ritmo lento, la sencillez en los hábitos, los comercios casi extintos en ciudades de otro rango: sombrererías, librerías, tiendas de dulces..
El Espolón inanimado dejando pasar el día, la Concatedral que se yergue digna intentando mantener su jerarquía. Amanece el domingo casi pidiendo perdón.
Logroño camina tranquilo, ajeno al frenesí del cambio de siglo.
2010. La calle Laurel en ebullición. Padres, hijos, vecinos, infiltrados. Bocatín, pincho, fritura, copa. En Google maps, un punto rojo al noreste de la Península. La vida de la ciudad concentrada en una calle. En varias, pues San Agustín le sigue el ritmo. Del vino joven al reserva, de la croqueta de Donosti a la bombita de Baco y la zapatilla de Villarrica. De la noche del sábado al mediodía del domingo. La Senda de los Elefantes, dicho queda.
Y en 2010 me quedo. Regreso al presente enriquecido por esta peculiar tierra. Y con el deseo de que, en el próximo paseo, el paso del tiempo siga donde lo dejé.
¡La calle Laureeeel!
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