jueves 25 de marzo de 2010

La Vera, una vez ya es para siempre

Llega el viajero a La Vera con el libro vacío. Expectante ante una tierra desconocida, con las páginas en blanco a la espera de ser pintadas. Regresa repleto de sensaciones, no ha nacido aun quien quede decepcionado tras una incursión por este mundo extraordinario. Abandona por siempre los tópicos y guarda en su interior las estampas de un lugar que deja su rúbrica.

Suele ser el último en las guías, pero aquí será el primero. Madrigal de la Vera, casi toledano, casi abulense, cacereño al fín y al cabo. Punto de orígen y fín de La Vera, Madrigal es agua. La garganta de Alardos gotea desde los picos formando los charcos que dan a este pueblo su carácter singular. Orgullo de propios y envidia de ajenos, punto de encuentro cuando el calor se hace firme.


Madrigal es imágenes. Del puente romano desde la carretera. De la sierra de Gredos desde cualquier punto. Del verde que nos traslada a otras latitudes. De las calles empinadas que terminan en el infinito.
Es gastronomía. Cabrito y cochinillo, pisto, matanza. La parrilla de La Alhambra, la cocina de Las Vegas. Madrigal es paseos. Por el camino de La Fábrica, por los de la garganta, recogiendo moras, respirando pureza, deteniendo el tiempo.
Difícil ser imparcial cuando se han vivido allí mil veranos pero, ¿acaso debería serlo?

Por la carretera asoman Villanueva y Valverde, fieles exponentes de la arquitectura verata. Muros de piedra, paredes blancas, balcones de madera que transportan a épocas pretéritas. Plazas con sabor vetusto, casas que superviven al correr de los años. Pueblos para recorrer andando, sin prisa, haciendo disfrutar a la vista y al olfato. Famosos por sus fiestas, especiales por todo lo demás.


Sigue el camino hacia arriba en verde esperanza y sorprende Losar con sus jardines. Formas dibujadas en los arbustos, toque de distinción que queda en la memoria. Y llega Jarandilla, símbolo de La Vera por su Castillo de los Condes de Oropesa, hoy Parador con encanto. Los escudos en la fachada y el patio de armas nos conectan con el siglo XV. Es el paso por la historia, el alma de Carlos V allí presente, en plena Extremadura.

Y el monarca acompaña al viajero hasta Yuste. En aquel monasterio pasó sus últimos años y obligada es la visita a lo que fueron sus aposentos. A los jardines con vistas sólo al alcance del privilegiado. Del que en su día fue rey y del que ahora llega allí como invitado.
Más cercano a nosotros en el tiempo y junto al monasterio en el espacio, el cementerio de caídos alemanes en las guerras mundiales. Inevitable el nudo en el estómago ante las cruces de piedra.


El repostaje, en Jaraíz. Espera el Villa Xarahíz para degustar un cabrito asado o unas carrilleras con setas. Para aligerar la comida, un paseo por el pueblo sin perderse su plaza Mayor y acopio de pimentón de La Vera si no se ha hecho en las paradas previas. Sí, realmente tiene un sabor único.
Y al desandar el camino, parada en el Guijo de Santa Bárbara, previo ascenso por una escarpada carretera que nos avanza lo insólito del lugar. Un pequeño pueblo que se hace grande por su encanto, sus calles, sus primorosos paisajes. Tentación ineludible, sus licores artesanales: bellota, zarzamora, higo.. y, por supuesto, gloria.

Un perfecto punto y seguido a la singladura por La Vera. Por una tierra a la que cuesta acercarse pero de la que ya no es posible alejarse. Por una desconocida de la que uno no desea nunca separarse. Difícil ser imparcial cuando se agolpan allí los recuerdos de la infancia pero, ¿acaso debería serlo?

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