lunes 12 de abril de 2010

Oporto, un caudal de sensaciones

Treinta horas en Oporto, cinco pinceladas de arte abstracto. Trazos suaves de un cuadro sin estilo definido, acumulación de impresiones a veces contradictorias. De una ciudad decadente pero elegante. Envejecida sin perder la compostura. Tranquila pese al bullicio de los visitantes. Una ciudad para recorrer a pie, para disfrutar desde un banco de piedra.

Dolor en los gemelos, la vida cuesta arriba. Cada paseo es un reto ante las calles empinadas. Cada incursión en la ciudad, una exigencia para las piernas. Para disfrutar de las escenas en azulejos de la estación de Sao Bento. Para maravillarse ante las escaleras de la librería Lello e Irmao. Para vivir el Oporto comercial en la Rua Santa Catarina. Para regresar al hotel disfrazado de turista. Para sumergirse en Oporto, hay que tomarse la vida cuesta arriba.


Una Super Bock mirando al Douro. En una terraza de la Ribeira. Cerveza fría, la compañía deseada y los barcos en el río. Dan ganas de cerrar los ojos y pedir que se pare el tiempo en ese instante.
En frente, una pintura de Vilanova de Gaia, goteada por los carteles que dan nombre a las bodegas. Salen y entran los barcos con imán para los forasteros. Retrata la escena un visitante lápiz en mano. Pasa ante los ojos la rutina en un domingo primaveral. La calma tumultuosa de una ciudad que parece no perturbarse por nada.

Una foto de la Ribeira. Cruzando el puente de San Juan espera Vilanova de Gaia. Desde el otro lado del río, el Oporto de las postales. Las casas de colores marcan el inicio de la ciudad, que crece hacia arriba alejándose del agua. Preside la torre de la catedral, símbolo religioso de la urbe.
Sentado en la orilla, la cámara parece dispararse sola. Gaviotas con ciudad de fondo. La puesta de sol que oscurece el paisaje. A la espalda, las bodegas que abren sus secretos a los más curiosos. Mejor probarlo, la teoría queda para otra visita.


Los observantes y los oferentes. Imposible dar tres pasos sin cruzarse con un observante. Algunos parados en las esquinas, en las puertas de los comercios, otros en las plazas. Unos simplemente observan. Otros parecen esperar. Algunos inquietantes por su mirada, otros vigilantes. Los hay que ofrecen calendarios a cambio de la voluntad. Los que piden limosna. Los que ofrecen un menú en su restaurante. Los que parecen aguardar el descuido. Oporto será para siempre la ciudad de los observantes.

Recuerdos en el paladar. De la Adega de San Nicolau. Cuarenta y cinco minutos esperando mesa. Otros tantos por la cuenta un rato después. En medio, festival para el estómago regado con vinho verde. Tripas a la moda de Porto para abrir boca. Costaletas de sardinas con arroz como suculenta continuación. Todo en una estrecha callejuela casi invadida por las mesas. Un ambiente único en plena calle y de fondo el río en negro, apagado el día.
Sigue el gusto de enhorabuena en el Farol da Boa Nuova. Dejar Portugal sin probar el bacalao es cuasi delictivo. Con natas o en alçada. Puede quedar tranquilo el camarero, delicioso en cualquier versión.


Oporto se aleja mientras el avión se inclina hacia las nubes. Surgen ya las primeras ideas para expresar lo que dejó ese viaje fugaz. A falta de pincel y talento para el dibujo, el teclado para pintar con palabras. Retrato de una ciudad con alma. Bodegón de agua, ladrillo y asfalto. Fresco que puede describirse pero solo se disfruta del todo cuando se tiene delante.

1 comentarios:

  1. Una ciudad muy bonita y muy recomendable. La visité en enero y lo único que eché en falta fue un poco de vida nocturna por el centro... aunque bueno, así aproveché para descansar un poco, que nunca está de más.

    ¡Saludos!

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