Camina hacia arriba hasta llegar a una imponente plaza: Plaça Catalunya, lee en un rótulo. Parece dirigirse hacia algún sitio.
Rodea la plaza y aborda la avenida en dirección contraria, perdido entre la marea de transeúntes. La Boquería, acierta a leer. Y entra en un mundo de olores, sabores y sonidos que le absorbe por completo.

Por la ventana penetra una leve brisa. Se da la vuelta y deja que sus ojos sigan cerrados. Se ve rodeado de arcos apuntados y en medio de estrechas callejuelas. Piensa que se encuentra en plena Edad Media pero quienes habitan esas calles le mantienen en el presente. Vaga sin rumbo recordando las clases de arte en el instituto, camina hasta chocar con una grandiosa catedral gótica. Prosigue su paseo entre bares y tiendas de todo tipo y condición, mezclado entre los que pasan por allí y los que tienen allí su hogar. Es un barrio con vida propia y un carácter singular.
Els Quatre Gats, reza el cartel. Entra creyendo ser parte de una tertulia literaria a finales del S.XIX. En realidad, es un restaurante donde degusta una comida exquisita en un ambiente cautivador. Está acompañado y le agrada esa compañía.
Para el autobús y le rodean figuras extrañas, de formas indefinidas y en colores que no sabría describir. Parece un inmenso parque y está lleno de turistas que queman sus cámaras. Sube una escalinata de piedra y observa el genuino paisaje. Al fondo, una gran ciudad que termina en el mar. De regreso al asfalto, contempla atónito un edificio que parece crecer hacia el cielo, coronado por torres infinitas diferentes a todo lo que conoce. Diría que su autor habita en aquel parque.

De nuevo el sonido del viento atraviesa la ventana pero no se rinde. Ahora una playa junto a la urbe. El calor que parece asfixiar y no logra aliviar el baño. Miles de voces por todos los costados, la fiesta de las calles trasladada a la arena. Allá donde esté, parece que en esa ciudad podrá encontrarlo todo.
Ya es de noche y camina por un paseo marítimo. Los transatlánticos invaden el puerto y la vida de la ciudad mantiene la alegría del día. Maremagnum lee en el rótulo de lo que parece un gran centro comercial. Camina bordeando el mar, negro y en calma. Se cruza con quienes disfrutan del paseo al final del día. También con los que preparan el asalto a la noche, más ruidosos.
Su excursión termina en la terraza de un restaurante. Olas de fondo, abundantes viandas y buena compañía. Es una mujer, ahora lo sabe. Le hace reir y le hipnotiza con su mirada. Un turista extranjero les fotografía junto a la entrada del local: El Tinglado, se hace llamar.
Un rayo de sol le atraviesa los ojos pero sigue resistiendo. Se ve ahora entre paredes de hielo y cubierto por un enorme abrigo. La misma mujer le ofrece una cerveza, hacen fotos y miran el termómetro, que marca ocho bajo cero. Constata que están en un bar de hielo. Lleva sandalias y pantalón corto y el frío congela sus piernas. Pero se divierte como nunca.

El sol insiste y por fín consigue vencerle. Se levanta y abre la ventana al nuevo día. Los restos del sueño permanecen en su cabeza. Intenta recordar pero no lo consigue. Hasta que percibe que no está solo en aquella habitación de hotel. Se gira y descubre su figura entre las sábanas. No había sido un sueño, o quizá sí. Prefiere despedirse de Barcelona sin llegar a descubrirlo.
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