Está decidido, me quedo en París. Una semana allí no es suficiente para mí y no puedo marcharme ahora que ya empiezo a integrarme en la vida parisina, en sus costumbres, y a apreciar todo lo que esta ciudad puede ofrecer más allá de la superficie.
Con Madame Brossard está todo arreglado. Puedo quedarme en su pequeño apartamento de la Rue Breguet por un módico precio. Me encanta el barrio, muy tranquilo al tiempo que cercano a Bastille, donde se agolpan los lugares para cenar y tomar una copa. El Metro me deja en el centro en veinte minutos, un lugar ideal, no hay duda. Ya domino sin problemas el suburbano, no especialmente moderno ni modelo de limpieza pero rápido y solvente como pocos.
He reflexionado estos días y dejaría demasiadas cosas a medias si abandono París ahora. Esta semana ha sido un pequeño sorbo pero yo necesito beberme el vaso entero, no me gusta la idea de tirarlo sin terminar. Un contacto con esta maravillosa ciudad no es suficiente, ahora que lo he probado me invaden los motivos para desear no abandonarla.
Una pasada por los museos parisinos no es bastante. Quiero volver al fascinante museo de Orsay y disfrutar de su colección de pintura impresionista. Volver a ver las Nympheas de Monet en Orangerie, las esculturas únicas del Museo Rodin.. y, como no, regresar al Louvre terminado el verano e intentar quitarme esa sensación de mercadillo que me dejó en la cabeza. Poder ver la Venus de Milo sin apartar decenas de cámaras japonesas, pararme a disfrutar de las obras sin que me arrollen los cazadores de imágenes, ¿a quién se le ocurrió permitir hacer fotos dentro de un museo tan insigne?
Quiero subir a la Torre Eiffel, lo que dejé pendiente abrumado por las colas. Montarme en esa obra única, tan contestada en su época y tan cerca de la desaparición y ahora símbolo indiscutible de la ciudad que preside, en la que surge al doblar cada esquina. También a las torres de Notre Dame, esa catedral con estilo singular que me dejó algo frío la primera vez que la ví y me fue fascinando cada vez más al volver a acercarme a ella. Por sus formas, por sus gárgolas, por su historia.
Quiero bajar los domingos a comprar el periódico y un pain au chocolat para desayunar. Perderme un rato por el mercadillo del boulevard Richard Lenoir, comprar pescado, patés, vino. Ser uno más en los picnics junto al Sena, mezclarme entre parisinos y ciudadanos del mundo en esa costumbre tan deliciosa.
Quiero pasear por el boulevard Saint Michel parándome en las librerías, entre novedades y segunda mano, hacerme con un libro y hojearlo con un café en el Brioche Dorée de la esquina con Saint Germain. Sobreviven aquí las librerías, ¿sabes?
Es exactamente eso, no quiero renunciar a seguir paseando por París. Creo que si la llaman la ciudad del amor es por el paseo nocturno junto al Sena entre edificios en penumbra. No es necesario el candado en el puente de las Artes, si tienes con quién compartir eso se me ocurren pocas cosas que lo mejoren.
Volveré a subir a la Tour de Montparnasse, a fotografiar la ciudad desde lo alto como no puede hacerse desde ningún otro punto. Impresionante la imagen de París ahí abajo, con el blanco constante de sus edificios y sus monumentos surgiendo para construir una postal inigualable.
Volveré a visitar los Inválidos, a tumbarme en el césped frente a los cañones que amenazan al inquilino del Elíseo. A tomar el sol en las Tullerías respirando aire a historia. A recorrer la Rue Rivoli saboreando escaparates y esquivando cuerpos.
Volveré a divisar la ciudad desde Montmartre. A perderme por las calles de ese barrio con corazón de artista. A observar a los pintores callejeros en medio del bullicio y de las guías de viajes.
Demasiados motivos como para abandonar ahora esta ciudad, ¿no crees? No me resultan especialmente simpáticos los parisinos, pero creo que me adaptaré a ellos. Al fin y al cabo es su ciudad, yo aquí soy solo un infiltrado.
Sí comparto con ellos su afición por la comida japonesa. Un restaurante cada dos pasos, en una semana ya soy experto en sushis, makis y nigiris. Y por si fuera poco, aquí encuentro toda clase de refrescos de sabores exóticos, zumos, siropes y demás bebidas que me encantan. Hasta me reencontré con la Coca Cola Cherry, que tan poco nos duró en España..
Y claro, quiero estar de nuevo aquí cuando Contador vuelva a ganar el Tour de Francia en los Campos Elíseos y poder celebrarlo otra vez vestido de rojo. Ahí sí les tenemos mucha ventaja, estos franceses pagarían por ver a uno de los suyos en lo alto de ese podio.
Sí amigo, París me ha embaucado. Sé que sólo venía aquí de vacaciones, que debía resolver esto con las visitas de rigor a los lugares emblemáticos y montar de nuevo en el avión pero no es tan sencillo. Espero que puedas comprenderlo y que vengas a visitarme. Como dijo alguien en alguna ocasión, te envidio porque aun no conoces París y puedes acercarte a ella por primera vez.
Un afectuoso saludo
Pero querido amigo Diego, ¿usted sabe parlar francés? Por lo demás, espero se haya traído de vuelta a España unas cuantas latas de Cherry Coke para compartir con los nostálgicos... abrazos.
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