jueves 23 de diciembre de 2010

Roma, la belleza del caos

Me perdonará mi admirado Enric González la osadía de apoyar mi relato en su maravilloso “Historias de Roma”. Lo releí antes de partir, me acompañó durante mis dos días en esta ciudad que nunca se agota y ahora me inspiro en él para poner negro sobre blanco lo que este inolvidable viaje me ha dejado.

Es poner pie en Fiumicino y el célebre carácter italiano cae sobre nosotros. Un accidente ha suspendido el funcionamiento de todos los trenes. Bien, en cualquier sitio puede pasar. La compañía ofrece una solución alternativa: un autobús hasta Roma al precio de 15 euros y con una explicación convincente: el tren costaba 14, es casi igual.
Decidimos no dejarnos tomar el pelo tan temprano y buscamos un shuttle de otra compañía para llegar a Termini. Llevados por la desconfianza, subimos a uno sin soltar las maletas. Vale, arriba no hay sitio para equipajes pero lo vemos claro: las ponemos en el asiento de al lado y no habrá problema porque esto no se va a llenar… o sí. El bus se va completando y vemos cercano el ridículo pero entra el último pasajero y.. queda un único sitio libre. Se sienta entre nosotros una mezcla entre Gattuso y Tiziano Ferro y nos ameniza el viaje hablando a gritos con su colega, éste de pie en el pasillo y en camiseta de manga corta mientras le rodean guantes y bufandas del resto de mortales. Welcome to Italy.


Vamos pensando en la pizza al taglio y nos lanzamos sobre ella apenas instalados en el hotel. No hay forma de hacerse entender, siempre te acaban poniendo un trozo más grande del que querías. Compensa cuando chocas de frente con el Coliseo con tu funghi pomodoro en la mano. Por muchas veces que lo veas, sigue impresionando por lo que es y por lo que evoca. Como impresiona el foro y sus restos de lo que fue el mundo hace siglos. Vale la pena estar en Roma sólo por sentir cómo uno se adentra en la historia.

El paseo nos lleva hasta Piazza Venezia y su grandilocuente “máquina de escribir”. De Octavio a Vittorio Emmanuele en unos pasos y al fondo la Via del Corso en movimiento. Sí, estamos en Roma. Las piernas aguantan hasta Trevi donde la multitud no impide recordar a Annita Ekberg entrando en la fontana. Inevitable que el subconsciente aporte esa imagen pese a que, a riesgo de blasfemar, “La dolce vita” me resultó un bocado muy pesado.
Sabemos que volveremos pero no cuesta nada lanzar la moneda por si ayuda en algo.

No soy un ser navideño pero las luces de la Via del Corso logran inculcarme un poco de ese espíritu. Piazza del Popolo, sábado a las 17:30. Noche cerrada y una marea de romanos caminando en todas direcciones. Entramos en la vorágine y no sentimos el agobio de Preciados. Roma también es especial para eso. Tampoco soy fan de la canzione italiana pero Cammariere es otra cosa. Me llevo el cd pensando en que me ayudará a que pase el tiempo hasta que pueda regresar.

Para un futbolero como yo (y como Enric) degustar unos rigatoni en Campo de Fiori mientras Sky te ofrece un Milan-Roma es una experiencia que se disfruta al milímetro. Borriello marca el 0-1 y los paseantes de la plaza corren a las pantallas a presenciar la hazaña. Roma es romanista, es mi impresión. Abundan los ciudadanos con sus bufandas rojo y ocre y los escudos en fachadas y tiendas. El otro equipo de la ciudad, la Lazio, pasa desapercibido. Como ejemplo, las mil vueltas para encontrar un pin laciale que añadir a mi colección. Casi en cualquier sitio los de la Roma, Inter, Juve, incluso Napoli. El de la Lazio, sólo en una tienda oficial junto al Vaticano. Y allí mismo me acuerdo de otra de las joyas de Enric, “Historias del Calcio”, al ver enmarcadas las fotos de Di Canio mostrando sus tatuajes pronazis mano en alto hacia los ultras blanquiazules. Política y fútbol con los límites difuminados en Italia.


Por si le faltase algo a una ciudad como esta, el Vaticano. Un Estado único en el mundo, formado por poco más que una plaza y una basílica. Pero no una plaza y una basílica cualesquiera, claro. El momento de entrar en San Pietro y sentir el abrazo de las columnas berninianas es algo que no intentaré describir porque sería en vano. La imagen puede ayudar pero no hay más remedio que estar allí para saber de qué se trata. Es domingo y hay misa en la basílica. Caminamos por su interior conscientes del privilegio que supone estar allí. La Piedad de Miguel Ángel nos lo recuerda por si en algún momento perdemos la perspectiva.

Piazza de Spagna es también parada obligatoria. Sus escalinatas tantas veces vistas son cita ineludible para el turismo. Aunque yo soy de Piazza Navona. La Navidad la convierte en una gran feria por la que parece pasar toda la ciudad en algún momento del día. Las joyas de Bernini inalterables en lo que fue un estadio y un gran lago en otros tiempos. Ahora es la plaza de Roma. Yo diría que Piazza Navona es Roma, la historia mezclada con el presente, el arte y un tartufo con panna.

La Roma de Enric nos guía hacia el Panteón de Agripa. Los andamios afean la vista desde la Piazza della Rotonda pero el interior se nos muestra en todo su esplendor. Deseamos que empiece a nevar pero nos conformamos con la lluvia que entra, casi pidiendo perdón, por el gran orificio de la cúpula. Las páginas nos llevan también a San Ignazio para confirmar que las figuras pintadas en el techo parecen alargar sus brazos hacia el visitante. Y nos conducen sin freno hacia Sant Eustachio para paladear un caffé speciale. No me pronunciaré sobre si es el mejor pero prometo que mi paladar volverá a saborearlo.


Comemos en Campo de Fiori tras pasar junto a la estatua de Giordano Bruno, condenado por decir que la Tierra giraba alrededor del Sol. Ahora gira alrededor de Silvio, comentan en Vila Certosa. Antes de despedirnos, un capuccino reposado en “La Meridiana”, recorriendo de nuevo con la palabra lo vivido en el fin de semana más largo de la historia. Y un paseo por la Via dei Fori Imperiali para terminar donde empezamos: en el Coliseo, ahora iluminado y siempre símbolo de esa Roma que resiste al paso del tiempo de un modo tan singular.

Escribió Enric que Roma tiene escenas que deberían transcurrir en blanco y negro. Lo recuerdo en el tren hacia el aeropuerto cuando una mamma siciliana de vuelta a Palermo porfía a voz en grito con el revisor mientras otra mujer pasa por su espalda y se lamenta de pagar un billete y no tener un baño digno.

Probablemente él nunca leerá estas líneas. Si algún día lo hace, espero que le sirvan para recordar esa ciudad tan especial y de la que es imposible no enamorarse, casi tanto de sus virtudes como de sus defectos.

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