Mind the gap, please. Londres es enorme, inabarcable. Ejercer allí como turista implica pasar una buena parte del día dentro del mítico tube, el metro londinense. Parece un duro trance pero no lo es tanto. Y es que el underground funciona con una solvencia encomiable, es antiguo pero rápido y sus interminables conexiones entre líneas permiten trazar casi cualquier camino subterráneo por la ciudad. Acompañando, inevitable en cada estación, la voz en off y su “mind the gap, please”. Lo que aquí es el interminable “tengan cuidado de no introducir el pie…” allí son cuatro palabras que se han convertido ya en uno más de los símbolos de Londres, comercializado como souvenir y repetido hasta el desgaste. Hasta el punto de provocar también el surgimiento del anti-símbolo en camisetas o chapas con su “fuck the gap”. Admito que no sabría con cual quedarme de los dos.
Look left. Ya sabíamos y pronto ratificamos que Londres es particular, toda Gran Bretaña lo es. Sus libras en la Europa del Euro, sus reyes bordeando el frikismo.. y por supuesto sus coches con el volante a la derecha y circulando en dirección contraria al resto del continente. Conscientes de esa peculiaridad, son característicos los avisos en el suelo, junto a los pasos de peatones, indicando a los incautos viandantes hacia qué lado deben mirar porque de allí llegarán los coches. Ocurre así en Cromwell Road, la gran avenida que recorrimos no pocas veces camino del hotel o del metro de Gloucester Road. El barrio de South Kensington se nos hizo familiar muy pronto, sus edificios antiguos y su tranquilidad invitaban a no coger el avión de regreso. Un día allí y parecíamos llevar toda la vida entre aquellas casas blancas y bajo aquel cielo negro, paseando relajadamente por Cromwell y desayunando un croissant en La Patisserie. Haciéndonos entender con nuestro inglés españolizado y hasta adaptando nuestras comidas al ritmo británico. Nos habríamos acostumbrado, sí.
You are here. Londres tiene mentalidad turística. Una ciudad con todas sus peculiaridades pero preparada para que el que llega de fuera se sienta cómodo en ella. Un ejemplo, los numerosos carteles que indican al paseante dónde se encuentra en ese momento, las calles aledañas, los transportes.. un lujo para quienes tienen facilidad para desorientarse hasta en su propio barrio. Con la ayuda de un “You are here” llegamos desde Covent Garden hasta Piccadilly Circus. Piccadilly, ese cruce de caminos tantas veces visto y que in situ nos pareció menos de lo que imaginábamos. Pese a ello, lo abordamos en varias ocasiones, a pie y en el bus 9, reliquia con su revisor de manual cantando las paradas y viviendo la vida con tranquilidad. Y al final de la avenida, Trafalgar Square con su Nelson saludando desde lo alto y confirmando al foráneo que ha llegado a su objetivo, “you are here, in London”.
Pitch Fever. Ninguna ciudad europea resiste la comparación con Londres en términos futbolísticos. En esta ciudad no hay uno o dos equipos de fútbol representativos, ni tan siquiera tres. Cada barrio tiene el suyo, a cada paso se encuentra un estadio. Actualmente coinciden cinco en la primera división y algunos más en la segunda. La “fiebre de fútbol” se respira tras cada esquina. Nos acercamos al Emirates Stadium, hogar del Arsenal, a vivir el ambiente en los prolegómenos de un partido de Copa. Ante la imposibilidad de presenciar un partido en directo (salvo pago de cifra astronómica en reventa, of course) quería tener una muestra de cómo se vive este deporte en los campos ingleses. Disfruté tirando fotos a la marea roja de aficionados, oyendo sus cánticos y buceando entre los puestos callejeros. Me hice la promesa de regresar para vivirlo algún día desde las gradas.
Russian models 2nd floor. Nos costó alguna que otra digestión complicada pero nuestro recurso gastronómico más habitual en Londres fue la comida china. A veces por rapidez, otras por ahorro, un poco por las china box de las pelis, acabamos más veces de las recomendables con noodles y pollo picante entre manos. La comida china rivaliza en Londres con la hindú y la italiana en número de restaurantes. Creo que ganan los chinos, aunque sea solamente porque tienen un barrio para ellos solos, el famoso Chinatown.
Tras abordar la gran Leicester Square con sus carteles de cine y sus dibujantes callejeros, nos adentramos en él en nuestra primera noche londinense. Caminamos observando rodeados de multitudes, comparamos menús, olfateamos la salsa agridulce y leímos carteles manuscritos en portales junto a los restaurantes: Modelos rusas en la segunda planta. Una pasarela de moda en Chinatown, dedujimos.
Sales. Si tuviese que elegir un solo lugar de Londres sería Camden Town. Nos acercamos a ese pequeño mundo dentro de la urbe con la inocencia de quién no sabe lo que se encontrará al llegar. Y lo que hallamos fue el Londres más alternativo y una sucesión de tiendas de ropa y calzado donde encontrar prácticamente cualquier cosa, de lo último a lo más antiguo. Para un madrileño, un Fuencarral multiplicado por mucho en la cantidad y dividido por otro tanto en los precios. Saboreamos la mañana comparando modelos, lanzando fotos, recorriendo la avenida arriba y abajo y finalmente comprando, claro. Encontramos dependientes con todos los acentos, fachadas de todos los colores y rebajas de todo tipo. Y una oferta interminable para saciar también el apetito del estómago. Nos hicimos de Camden Town, somos ya de Camden Town. El día que regresemos, lo haremos con una maleta más amplia que poder rellenar.
The time of my life. Los musicales son toda una religión en Londres. La oferta es infinita, los carteles se encuentran por toda la ciudad y los establecimientos que ofrecen entradas a precios reducidos, a cada paso. En las inmediaciones de Piccadilly, el sábado por la mañana se llena de londinenses que buscan sus entradas para algún espectáculo. Se mezclan con los turistas en busca de vivir un musical en el West End londinense, el Broadway europeo. Y entre ellos estábamos nosotros. Elegimos Dirty Dancing.. vale, admito que no era mi primera opción pero la sonrisa de felicidad permanente en la butaca de al lado justificó plenamente la decisión. Además, resultó ser un espectáculo muy recomendable, con una bonita puesta en escena y un ambiente muy especial. Y al salir, un paseo por el West End entre letreros luminosos y restaurantes que ofrecían menús pre y post teatro. Una seña de identidad inequívoca para una ciudad en la que la cultura se siente cómoda.
Admission free. Los principales museos de Londres son gratuitos. Acostumbrados a pagar grandes cantidades por visitar cualquier cosa en cualquier ciudad, nos pareció una agradable sorpresa y la aprovechamos para dedicar una mañana al arte. Descubrimos la pasión londinense por los museos, con innumerables grupos de escolares y sus pacientes profesores y alumnos de arte de todas las edades tratando de reproducir las joyas allí conservadas.
En el British Museum caminamos por la historia, entre los pedazos de Egipto, Asiria o Grecia que allí se alojan. Impresionan los restos arqueológicos y la piedra Roseta con sus inscripciones jeroglíficas. Abruma la colección de momias expuestas tal cual, siglos después de que se iniciase el proceso. En la National Gallery, una breve visita para disfrutar de la pintura de todas las épocas y especialmente de la impresionista, Monet, Cezanne, Seuret y un momento especial para embelesarnos con una obra única, Los Girasoles de Van Gogh.
Everything OK, guys? Covent Garden es el alma de Londres. Lugar de encuentro y compras el sábado por la mañana, centro de reuniones de mesa y mantel por las noches, conversaciones de cerveza en cualquier momento. Una vuelta por las tiendas cool de Neal Street, un paseo por el Market entre multitudes, una ale en el Nag’s Head. Esto es Londres. Decidimos cerrar nuestro viaje con una cena a la inglesa en el Nicholson’s, sobre el pub The White Lion. Un perfecto prototipo de inglés, pelirrojo e irónico, nos amenizó la velada con sus discusiones con su joven pupilo y sus contínuas visitas a las mesas para asegurarse de que todo estaba en orden. Y lo estaba, las salchichas, los fish and chips y la London Pride. Y por la ventana, el hormiguero permanente de James Street. Todo estaba en orden, claro, salvo porque era nuestra última noche en Londres.
Sorry, we’re open. El de Portobello Road es mucho más que un mercadillo. No sólo porque está en Notting Hill, ese barrio de casas de colores en el que esperas cruzarte con Hugh Grant al doblar la esquina. Es el mercadillo global, donde todo tiene cabida y en el que se consigue una extraña sensación de autenticidad. Por la tarde regresábamos a Madrid y nos pareció la mejor forma de pasar la mañana del sábado. Llegamos temprano y acertamos porque a la vuelta casi nos arrolla una marea humana a la caza de la visita obligatoria. Disfrutamos entre souvenirs, antigüedades, obras únicas, horteradas y caprichos. Voces en italiano, gritos en español, olor a freiduría, pasarela de moda, un artista callejero entonando el Karma Police de Radiohead.
En las inmediaciones de Portobello, una librería caótica con un dependiente que parecía recién sacado del pub y un cartel en la puerta: “Lo sentimos, está abierto”. El contrapunto perfecto a las masas consumistas del mercado, pensé sonriendo. Tan grande Londres.
Este es mi Londres, el que se ha creado en mi interior tras cuatro intensos días en esa ciudad. Una imagen que espera a ser completada puesto que una visita nunca es suficiente cuando se trata de un lugar tan especial. Hay muchos más Londres que descubrir, muchos retoques que dar en el subconsciente. Muchos relatos que escribir sobre un mundo único y que atrae ya para siempre con su gran imán al que decide acercarse a él.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada