Los canales marcan la personalidad de una ciudad que levita sobre el agua. Pasear sobre su filo disfrutando de la peculiar arquitectura de la urbe, atravesarlos por los innumerables puentes o recorrerlos en barco es parte de la rutina de cualquier visitante en Amsterdam. Andamos en torno a ellos en todas direcciones, hacia el bohemio Jordaan con sus tiendas de casi todo, hacia la plaza Dam siempre punto de encuentro, hacia Chinatown y su constante ajetreo.. Los edificios al pie de los canales, con su marcada inclinación hacia delante y sus grandes ventanales, dotan a esta ciudad de un carácter único. Los barcos convertidos en casas flotantes completan un cuadro de autor. Al volver, mil imágenes con el sol reflejado tímidamente en el agua y las casas sobreviviendo al paso del tiempo.
Sí, en Amsterdam todo el mundo va en bicicleta. Puentes, farolas, fachadas, árboles.. todos permiten obtener la postal de la ciudad con una bici al lado. Es el medio de transporte por excelencia y están equipadas como tales: tuneadas, coloreadas, con portamaletas o porta niños. Al incorporarse al tráfico junto a tranvías y coches provocan una especie de caos ordenado en el que el visitante no sabe hacia donde mirar para evitar ser atropellado. Y los miles que intentan cumplir con el rito de alquilar una son fácilmente identificables por la torpeza con la que se manejan en medio de ese embrollo. Tuvimos la tentación pero la lluvia nos quitó la idea. Así mejor, creo.
Quesos de todo tipo y condición y arenques crudos. Son los símbolos gastronómicos de una ciudad en la que abundan los restaurantes internacionales. De lo que fue colonia Indonesia, de los antiguos emigrantes argentinos o de los inevitables italianos, chinos o norteamericanos. Frente a ellos, el toque local con los puestos en los que es posible degustar un arenque con cebolla y pepinillos al modo autóctono. Y, por supuesto, los quesos con tiendas especializadas que ofrecen todas las variedades imaginables. Los amantes del género, encantados. Los anti, entre los que me encuentro, conteniendo la respiración.
Girasoles, tulipanes, prados verdes. Amsterdam y Holanda en general se asocian mentalmente a plantas y flores. El Bloemenmarkt (mercado de flores) es un fiel exponente de esa relación. Puestos recorriendo el canal y tiñéndolo de colores al tiempo que se llenan de compradores en busca del recuerdo que trasladar a la propia terraza. No fue el único mercado callejero que visitamos en la ciudad. Su tradición allí está arraigada y lo comprobamos en el de Waterlooplein. Un lugar en el que encontrar una chaqueta de segunda mano, un cómic antiguo o una novela de Lehane por un euro mientras te comes unas patatas fritas con mostaza.
Tras muchas historias y leyendas escuchadas, sabemos que hay otras plantas que también se relacionan de inmediato con este lugar y que el cannabis es uno más de sus símbolos. Los coffee shops, en los que está permitido su consumo, inundan el centro de la ciudad y lo llenan de jóvenes de todos los puntos del mapa atraídos por el liberalismo amsterdanés. Nos sorprende la gran cantidad de locales y certificamos que son un reclamo turístico con su propia parafernalia de merchandising detrás. Ha sido así durante años y dejará de serlo a partir del próximo ya que el nuevo gobierno del país cerrará un alto porcentaje de estos negocios y limitará el resto a la ciudadanía local. Para muchos, se irá con ello parte de la esencia de Amsterdam. Si es esa la esencia que Amsterdam quería para sí misma ya es algo que queda para sus habitantes.
Amsterdam también es la ciudad del arte. La pintura holandesa tiene su sitio de honor en la ciudad más importante del país. Muy merecido para el gran maestro Van Gogh con un museo que repasa su tortuosa vida y la ilustra con la mayoría de sus principales creaciones. Una preciosa experiencia visual para los amantes del arte y para quienes quieran acercarse a él por primera vez.
Menos base encontramos en la fama del Rijksmuseum que contiene algunas obras maestras de Rembrandt o Vermeer y mucho relleno que no justifica el alto precio de la entrada.
El mítico Barrio Rojo y sus prostitutas en los escaparates no son una leyenda urbana. Lo comprobamos in situ y el guía de nuestro tour a pie nos explica que el oficio está regulado por las autoridades holandesas, las chicas son autónomas, se dedican a ello voluntariamente y ofrecen sus servicios tras el cristal. Sin duda, preferible a los espectáculos a los que estamos acostumbrados en Madrid. Pero es inevitable que se conviertan en un punto de peregrinaje turístico y de curioseo durante el día. Un lugar en el que puede verse a uno de esos grupos de asiáticos que invaden los museos haciendo cola para presenciar un espectáculo de sexo en vivo. Si esto es turismo en Amsterdam, allá vamos, pensarán.
La ciudad de la tolerancia. Lo es y además lo parece. Con monumentos como el que corona la Plaza Dam, homenaje al holocausto pero no sólo el de los judíos sino el de todas las minorías perseguidas por el nazismo. O el genuino Homomonument, único en el mundo a favor de los homosexuales a pocos metros de otro de los edificios icónicos de la ciudad, la casa de Ana Frank. Convertida ahora en museo, merece la visita por cómo evoca lo vivido allí por esa familia judía y conocido después en todo el mundo tras la publicación del diario de la joven Ana.
Lo sabíamos pero nos resistíamos a creerlo. El verano en Amsterdam es apenas un intento. Cielos cubiertos, lluvias, temperaturas que piden a gritos una chaqueta. No nos quitamos en cuatro días la única que habíamos metido en la maleta. El sol aparecía prudentemente y el agua sorprendía con estallidos que vaciaban las calles. Pero los amsterdaneses mantenían su ritmo y el pedaleo de sus bicicletas. Para calor ya tienen España en vacaciones.
Y a España regresamos con un sello marcado para siempre por esta ciudad. Diferente, particular, hermosa. Y sobre todo con personalidad propia. La que le confieren todas esos elementos de los que solamente había oído hablar y que me alegro ahora de haber podido sentir.
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