Si Tintín viviese en la Bruselas de hoy, se encontraría una ciudad indescifrable. Capital de todos los europeos al tiempo que no consigue aunar las voluntades de sus propios habitantes. Llena de rincones, plazas y lluvia y con una marea permanente de visitantes que parecen pasar por ella simplemente para cumplir con el expediente.
Tintín, ya menos intrépido y más reposado, hallaría en la fastuosa Grande Place el lugar en el que iniciar el domingo por la mañana periódico en mano. Bajo el gigantesco Hotel de Ville, el centro de la vida de Bruselas y lugar a la altura de otras grandes plazas europeas. Comería un gofre con nata camino del Sablon, compraría chocolate negro, blanco y de todos los colores.
En el Sablon, el barrio de las dos plazas (Grand y Petit) vistazo a los mercadillos en búsqueda de antigüedades. Tal vez otro Unicornio que diese inicio a una nueva aventura, aun permanecería en él esa llama. Quizá una visita a esa joya del gótico que es Notre Dame du Sablon o a la Place Royale que acoge el Parlamento y la residencia del monarca.
Se sorprendería al ver cada cosa por duplicado. Valonia en francés, Flandes en flamenco. Dos mundos dentro de un pequeño país . Medio Francia, medio Holanda, al fín Bélgica. Tras casi dos años sin Gobierno, un día amanecería con la noticia de que su país tiene presidente, con el acuerdo de todos y la desconfianza de la mayoría.
Nuestro ya no tan joven amigo encontraría en Les Marolles el barrio bohemio del que disfrutar ajeno al tránsito del centro. En la avenida Louise, las tiendas de moda que en algún momento hay que renovar el vestuario. En el Parlamento europeo, el símbolo de un mundo muy diferente a aquel en el que perseguía y era perseguido. Sin Syldavia, Borduria ni San Theodoros, todo mucho más real y mucho menos divertido.
Al caer la noche, unos mejillones con patatas fritas y una cerveza. Cada día una diferente hasta agotar la variedad si es eso posible. Un paseo entre bruselenses y forasteros y bajo la lluvia. En esta Bruselas casi siempre llueve y el calor no asoma. Pero ese olor a lluvia es parte inseparable de su carácter.
Tintin visitaría su propio museo, en Louvaine la Neuve. Llegaría a él tras pasar por la otra Louvaine, la del lado flamenco, pensando que allí lo encontraría. Estos belgas complicando todo con sus nombres repetidos.. Un museo con recuerdos, historias, objetos y todo lo que le acompañó durante su vida como reportero de prensa. Compraría algo para sus amigos, tal vez ellos no conozcan su primera vida.
Le encantaría Brujas, ese reducto medieval en el que le parece que en cualquier momento comenzarán los duelos de caballeros. Pasearía por el Markt con su campanario y sus casas de colores. Por el Burg con sus edificios simbólicos. Por la plaza Jan Van Eyck parando para contemplar el canal. Por toda la ciudad trasladándose por unas horas muchos siglos atrás. Le habría gustado vivir en la Brujas de la Edad Media. O en Gante, junto a los artistas flamencos.
Al Tintin del siglo XXI no le gustaría el Manneken Pis pero sí el mural en un edificio cercano a la pequeña estatua. Donde se ve al antiguo Tintin bajando unas escaleras junto a su amigo Haddock y su perro Milú. Sería uno de sus lugares favoritos de Bruselas, su ciudad. Un lugar que no seria capaz de definir con pocas palabras, una capital indescifrable para un país peculiar.
Ese pequeño territorio en el centro de todo al que merece la pena acercarse y permitirle que deje su huella ya para siempre.
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